Ha asistido a múltiples encuentros de escritores nacionales e internacionales.
Premio Nacional de Poesía Tintanueva 2007 y transtextuales 2009. PREMIO INTERNACIONAL COATLICUE 2014 Reconocimiento anual por trayectoria literaria
Breve semblanza.
Ha asistido a múltiples encuentros de escritores nacionales e internacionales.
Adios Muchachos
Ma. Elena Solórzano
“Adiós muchachos compañeros de mi vida, querida escuela hoy te abandonó, me toca a mí hoy emprender la retirada y digo adiós a esta alegre muchachada...”
Ese tango (parafraseado) arrabalero y sentimental se cantaba en las despedidas, cuando los alumnos, ya casi unos hombres, dejaban la escuela al concluir el sexto año, pues por los años cincuentas cantarlo era de ley y además echar la imprescindible lágrima, sobre todo las niñas si no derramaban suficiente líquido, la despedida no tenía sabor. Hay que tomar en cuenta, que en aquel entonces, la edad de los niños inscritos en el ler. grado eran de siete a doce años y al terminar contaban con trece y hasta veinte años, unos adolescentes pues.
El Sr. Manuel Aguilar González fue alumno de la escuela primaria “Vidal Rivero” y nos cuenta que había una palmera enorme y unas tapias de adobe muy grandes, eran cinco piezas las que estaban habilitadas como salones, eran unos cuartos descubiertos y sin ventanas, unos simples paredones que formaron parte de la hacienda Vidal Rivero. Las condiciones en las que estudiabamos no eran muy buenas, por ejemplo: los baños eran unas fosas sépticas hechas con cajones, un día se cayó un niño y el Profr. Pinto lo sacó todo sucio y que nos manda por unas cubetas con agua para bañarlo y entonces se pidió una toma y las autoridades la concedieron, eso sirvió para que el maestro nos bañara cada ocho días en la dichosa llave, pero en ese tiempo los papás no se enojaban, los maestros nos gobernaban con mucha disciplina y ¡cuidadito de faltarle al maestro porque ya nos andaba!... el Profr. Cárdenas nos daba de reglasos.
Yo estaba en el turno vespertino y decían que había una gallina negra que espantaba a los niños que se retrasaban por quedarse a jugar trompo, canicas, balero, matatena con los huesitos de chabacano o el garambullo, tomabamos huesitos y el que alcanzara a tomar más era el que ganaba y decíamos: “garambullo, garambullo alza el puño”; con una pelota de esponja se hacían diez hoyos y se ponía un nombre a cada hoyo, con la pelota se tocaba la espalda del compañero, el corría de una pared a otra, el que era alcanzado por la pelota perdía, el castigo era ponerse de cara a la pared y le daban pamba, en aquel entonces no había televisión, ni maquinitas, por eso los pasatiempos eran tranquilos e ingeniosos, nos divertíamos mucho y no eramos tan violentos en nuestros juegos como hoy en día.
En la escuela antigua o sea en la Vidal Rivero todas las tardes nos daban atole y un bolillo (de parte de la Secretaría de Salubridad y Asistencia), hacíamos “cola” y gritábamos : “Ya llegó el carro que nos mantiene y con un bolillo nos entretiene” y todos hacíamos una escandalera con los pocillos.
Yo empecé a trabajar a los trece años, me apuntaba en la escuela, me salía y así estaba hasta que hice mi quinto en cuarenta y ocho y terminé mi sexto año en la escuela “Francisco de Paula Herrasti”, este es el certificado que me dieron por haber terminado la primaria. ¡Está muy bonito! hecho con letra cursiva, ahora parecen boletas de contribuciones.
El señor Carlos Morales Pérez nos dice que en 1948 se inauguró la Escuela “Francisco de Paula Herrasti”. Aquellos tiempos yo siento que fueron más bonitos, la organización era mejor, los directores mandaban, los maestros eran disciplinados, ahora son muy respondones con la autoridad y los alumnos que miran su comportamiento po’s son retobados y groseros con los maestros y ahí va la cadenita. Antes nos hincábamos para recibir la bendición de nuestros padres y nunca les alzábamos la voz y si eso ocurría les pedíamos perdón.
Atrás del foro había un salón donde cada ocho días nos daban cine y nos vendían dulces; me gustaba mucho, me reía con las películas, recuerdo también las de emocionantes aventuras como las del primer tarzán Johnny Weissmuller, nadador y campeón olímpico de ascendencia austriaca, una de las estrellas femeninas fue Maureen O’Sullivan, algunas de las películas que nos exhibieron: Tarzán de los monos, Tarzán y su compañera, Tarzán y su hijo.
Recuerdo con mucha gratitud y cariño a Leonel Sánchez, un magnífico maestro, hasta Inglés nos enseñó, los profesores eran muy trabajadores, no faltaban, ni había tantas juntas como ahora, en las que alegan y alegan y nunca se ponen de acuerdo ni se pondrán. El maestro Leonel impulsaba mucho el deporte y nos llevaba a jugar futbol a los campos que estaban allá por Vallejo. Hacíamos torneos con las demás escuelas y teníamos nuestra buena porra.
Entre los compañeros que recuerdo está el ”Pifas” que ya murió, vivía por San Francisco, por donde está la estatua del cura Hidalgo, precisamente por la calle 26, era tremendo, nos perseguía, nos golpeaba,
fue un mal alumno, burrito, burrito...Benito se recibió de médico, Francisco Bernachi era el más aplicado, muy inteligente, muy calmado, le perdimos la pista, los Quezada eran el diablo para las muchachas, enamorados y novieros, ellos venían allá del Arenal.
Parece que fue ayer, pero ya han pasado cincuenta años...
Ma. Eugenia Sánchez Luna era una maestra muy cariñosa, muy exigente en puntualidad, limpieza, el uniforme debía estar implecable, nos dice Selene Anaid Rodríguez Macías ( alumna de los años ochentas), el uniforme era un júmper a cuadros rojos verdes y amarillos, blusa blanca, calcetas rojas, suéter rojo y zapatos negros.
En esa escuela asustan, en los baños hasta el fondo estaba escrito con sangre: “El payaso volverá”. Dicen que allí estuvo un circo y había un payaso que raptaba niñas, les cortaba la cabeza, las untaba con limón y sal, las colgaba en un cuarto, las coleccionaba...
Cuentan que un día... una niña del turno vespertino fue al baño, escuchó ruidos y vio chorreando sangre, la niña desapareció y no volvieron a saber de ella por más que la buscaron, sus papás vieron el letrero que decía: “El payaso volverá.”
Durante la fiesta de clausura entré al salón de actos, estaban algunas gentes platicando, la radio conectada, de pronto hubo un repentino cambio de estación y se escucharon unos cantos extraños, como de monjes dolidos, la puerta se azotó, dicen que esos espantos eran frecuentes y daban señales como: tocar un brazo, gritos, etc. Yo lo viví, por eso te digo que en la “Herrasti” espantan...
NIAM
Niam, la del dorado pelo,
la de las vestiduras de incienso
le habla a Oisin con un sonido de címbalo:
"Ven conmigo, a mi tierra,
más bella que todos los ensueños,
más bella que todas las turquesas,
donde la leche de la yegua se derrama.
Los ojos de los hombres
tanto prodigio jamás han visto.
En los ámbitos del alma
hierve la dimensión del tiempo.
Los frutos llenan las cestas todos los días del año
y la flor del espliego abre su corola
en las mañanas colmadas de misterio.
Rezuman miel los troncos.
Ni la muerte ni el dolor existen.
La música late en los muros de las casas
y los arpegios adornan las ventanas.
Los caballos y los perros quimeras corretean.
Los ojos de las mujeres devanan madreselvas
y las manos de los niños son jacintos.
Niñas de arroz arrullan el sueño de los hombres".
Oisín monta el corcel de las riendas cubiertas de estrellas,
desaparece con el relumbre de la luna,
transcurre entre los abetos donde las semillas vuelan
y las aves entonan las canciones del lugar donde crecen los ciruelos.
"Tú serás el señor de la tierra donde nadie envejece.
Tú serás el señor de Niam"
ETAÍN
tan blanca como leche de cabra.
Convertida en mariposa vaga entre las frondas,
duerme sobre las ramas de los árboles que gimen,
canturrea con el viento y las hojas murmurantes.
Se convierte en el hada de los bosques,
lucífera protectora del semen y del polen.
La brisa la lleva hasta el castillo de Augus
donde los almendros aroman las alcobas
y grita el pavo real.
En su casa de flores canturrea la hechizada,
urde con fibras vegetales una hamaca,
dibuja a los Elfos, los invoca.
Por las noches es mujer,
frente a húmedas vidrieras
goza del amor de los pajes
y orgasma entre la grama.
Se transforma en mariposa,
en su alocado vuelo desciende en una copa
donde se disuelven las llamas de la vid.
Etar la bebe con el rojo vino,
resbala dentro del otro cuerpo
(donde alumbran los claveles)
y llega a las entrañas para convertirseen la niña amada,
la que tiene tatuada la locura,
la del espíritu más viejo en la comarca.
NIÑO PÁJARO
Allí donde las larvas hilan sus capullos,
donde las telarañas se llenan de brillantes,
la red de madreselvas la rescata
y escapa de morir en el fondo del pozo.
Manos pletóricas de nudos
le tejen cuna de cordel y cantos.
Diestra en el bordado de sueños sobre pañuelos blancos.
Junto al sauce donde se cruzan los conjuros
medra en una casa de mimbre y buganvillas.
Un pájaro de plumas tornasoles,
con epígrafes de nubes en las alas,
la requiriere de amores,
le ofrece frambuesas, lirios blancos.
Con el vaho de su aliento la doncella queda preñada.
Un niño pájaro crece en sus entrañas,
con los ojos cubiertos por la neblina del Norte,
y los brazos tan fuertes como las alas de un halcón.
FRIDAMARIPOSA
FRIDAMARIPOSA
Recordando el aniversario No. 100
del natalicio de Frida Kahlo.
María Elena Solórzano
Pies para que los quiero
si tengo alas pa' volar.
Frida Khalo
I
En tus élitros encuentras resplandores,
tus alas se convierten en batracios,
desguaja el verde de las cianofíceas,
jade y hierbabuena,
la ondulación del agua en tus pinceles.
En los días en que la canícula
trastoca el zumo de las hembras,
diligente la apetencia surge.
Entre las mariposas desliza
la barcarola que te lleva
a la tierra de las danzas y los cantos.
II
En las sagradas aguas
transformas las gotas en colores,
encuentras los marcos del pasado,
extraños y añejos malestares.
La jadeita aletea en los humedales.
Frida no reza por la tarde,
prefiere la candela,
el son que toca en las esquinas.
Revuelves el limo
para encontrar las huellas,
miras como repica
el quebranto de los días.
Frida no reza por la tarde
prefiere la candela,
el son que toca en las esquinas
III
Flotar en la frescura,
envolverte en la brisa como en lienzo,
desgranar los minutos en la orilla
mientras palpas la tierra milagrera.
Modelas con tu ojo el horizonte.
atrapas un ave en tu retina.
Migajas de luz entre tus trazos.
Te atrapan los fulgores
de las más bellas mariposas.
El orto desteje el entramado de la sombra
y devana rojos filamentos.
IV
En el vertedero de turquesas
descubres un regazo de agua tibia,
una memoria líquida en el fondo.
Emerge el rostro de la vida,
ineludible la herencia de los genes
que oscila entre el verdeolivo de las algas.
La savia de tus senos se alborota.
Un silbo rescata el origen del sollozo.
Escuchas voces que lastiman
Sangre, aspiras, olor inconfundible.
V
Mariposa de luna
tienes las alas luminosas,
como si acumularas
toda la luz de las auroras,
casi una luciérnaga.
Mariposa de luna
cintilas entre las abigarradas hierbas,
palpas al aclimatado garambullo,
oronda exhibes tus antenas de agorera.
Juegas con los despojos de la albahaca,
en el umbral del sueño te detienes.
Enfebrecida unges tu cuerpo
en el núbil aguaje de tu patio.
Tu carne ya construye
un tabernáculo de seda.
Acompañas con danzas
el estridular de grillos.
De soles la túnica desatas,
las azaleas estallan en color.
VI
En tu flama revive la locura.
cercas con flores la nostalgia.
Manchas de luz todos tus dedos.
Guardas murmullos de cigarra.
Para atravesar los hervores de su pecho
irás descalza con las plantas sembradas de alcatraces,
con las manos pletóricas de lluvia
y los ojos goteando girasoles.
VII
Nigromántica recorres la vereda,
distraes con tu vuelo
la mirada cuarteada de los hombres.
Dejas tu huella,
cae tu polvo que modela esta tarde de granada.
VIII
Filtra los cristales tu pupila
y plasmas los rubores en las telas.
Conviertes el recuerdo
en perezoso caimán.
Espía la muerte
tu vuelo de añil.
Develas: desgarrada crisálida
anclada a la rama del ciruelo.
IX
Mariposa de tierra
rescatas el polvo de los polvos,
mitigas la sed de los cogollos,
decretas en tu alcoba: ¡Páramo florece!
Descifras los símbolos del tiempo cuajado de gusanos.
En el ultra luz desplazas tu silueta.
Invocas. Hechicera extraviada
en la espesura del silencio.
Hay conjuros que obedecen a los ríos,
a la techumbre con estrellas,
a los pinceles, a tus manos.
En los andurriales del camino
se apunta la presencia de su rostro.
Te ensordece el grito de la grulla
y ya no sabes donde se encuentra Oriente
para buscar atrás de la montaña
la gruta pletórica de sueños.
X
Anhelas el veneno
que destila la flor de su sonrisa.
Deseas arropar su gorjeo de cenzontle.
Revivir aquel instante
cuando se derramaron sus ansias de ocelote.
Crepitar con las hojas del otoño,
Hoguera, tarde de guanábana.
Resbalar tus manos por su espalda
y caminar descalza por la vereda de arrayanes.
Degustar el tamarindo de su beso
y prender en sus pupilas
tu deseo de larva en agonía.
XI
Mariposa murmurante,
entre la calina desdoblas el azul y sus matices.
Descifras el mensaje de las piedras amarillas,
rodantes y porosas.
Arrastras a todas partes el olor a níspero maduro
de tu piel y de tu seno.
XII
Frente a los muros llenos de salitre,
frente a las tumbas donde florecen heliotropos
imitas el grito de los monos.
Siseas entre los alacranes
para que transiten por tu cuerpo
y entreguen su ponzoña.
XIII
Mariposa negra, bruja.
Encantamientos tejes con tinturas,
conviertes guijarros en diamantes.
A los mancebos enloqueces
con semillas maceradas bajo la luna negra.
Sueñas al niño que medra en las tinieblas,
persigues lobeznos,
vuelas entre la trementina del abeto.
Sientes la presencia de los hados,
cantas alrededor de las hogueras,
bailas con la muerte entre tus manos.
XIV
Mariposa sollozante.
Gaviota enceguecida eres.
Iridiscente iguana.
esquirla de amatista.
Abres un palomar
y tu lengua zurea entre el vilano.
En el calosfrío de la madrugada,
entrampada en un letargo,
ovillas tu voz de malogrado pájaro.
XV
Mariposa viento incubas tempestades,
levantas las aguas del mar y rizas el azogue de los ríos.
Inquieta derramas los aljibes.
Arropas en tus brazos los susurros.
arremolinas la hojarasca de los sueños,
tuerces las guedejas tiernas del maíz.
En tu perpetuo viaje
desparramas el germen húmedo del grito.
Mueves las aspas de la abulia
para que gire la semilla.
Para que la barcaza haga travesía.
XVI
Negra mariposa
enciendes el encono en la memoria,
penetras en el alma
y rasgas el tiempo cenagoso.
Sometida por las heridas más profundas
(hieden de tan viejas)
devoras lo que queda de ternura.
En ti germina un desasosiego
y flotan en tu mente los reproches
por no haber descubierto entre la hierba
el milagro de la aceituna y el venero.
Ahogas tu titilante vela,
atrás de la cortina aguardas
con tu talega de corroídos huesos.
XVII
Verde mariposa
en el umbral nitroso del recuerdo,
donde se enquistan
las negras esporas del dolor.
Aguja de basalto,
guitarra de agua,
trova lastimera,
cotidianamente
se inmola la cascada.
El turbión de los rencores
tu corazón oprime,
el pulso casi se detiene.
En el rehilete del tiempo
deslíe tu soberbia.
Estallarás sobre la hierba
tu ciego descontento
y quebrarás tus manos
para tenerlas quietas.
XVIII
Intentas devastar lentamente tu tristeza,
ocultar bajo la almohada todos los temblores.
En el espejo se refleja tu figura
y te hundes en un mar de crispaciones.
Quieres vivir sus crisantemos,
sentir en tus yemas sus cabellos,
su corazón de centauro beber en un suspiro,
tener entre tus manos
su palpitar de venado en agonía.
Y mirar por la ventana
como las grullas ululan en la bruma
y los cenzontles gorjean en contubernio con el día.
No, no eres la dueña de todos los conjuros.
XIX
Una hoja rueda sobre el prado.
Verde mariposa en romería,
rompes con los cánones del viento.
Resurgen los enigmas del olivo.
Si sonorizaras tu vuelo
las notas tendrían transparencia de pupila.
Viajes astrales a todos los confines.
XX
No es necesario transportar tu casa
al sitio donde nace la galerna del Otoño.
Tu casa
tiene un camino vidrioso pero bello.
XXI
Mujer de endrina cabellera
con un temblor de cierva
tus alas de obsidiana
cortan rebanadas de cielo.
Obscenas resurgen de la nada,
se excita tu retina de murciélago.
Pliegas tu falda de tehuana,
el pensamiento de los mortales turbas
y libas los derrames de la noche.
Con un temblor de cierva
tus alas de obsidiana.
Compañera de lluvia y tempestad.
El licor embriaga tus sentidos
tu desabrigo gira en carrusel.
XXII
La cicatriz de tu despecho
en el caparazón del tiempo.
Atrás de tus párpados hospedas
la visión de los aleros más vetustos.
Los presagios se cumplieron uno a uno,
pero todavía medra un escarabajo,
todavía tienes un laberinto agusanado,
una afilada esquirla de lucero
y los escombros que dejó su ausencia.
Noches de acedía y soledad.
XXIII
Sobre las herida del costado roja mariposa
Como rojas son las huellas del ofidio
venido de las tierras amarillas
donde se hablan las lenguas del desierto.
Roja mariposa la pasión.
Rubores, la hembra todavía sueña
en los aquelarres de marzo y de septiembre.
Rojos los resplandores del tormento,
brotan amapolas sin follaje
en el camino del tulipán y del martirio.
XXIV
Revolotean rojas mariposas.
En las reyertas habituales
renace la esperanza de ascender por el azul,
salir a las esquinas
y encontrar las melodías olvidadas
o las semillas de amaranto
para sembrar en los balcones de aceituna.
XXV
Recuperas el oficio de los magos.
Enardecida en el plúmbago del ocio,
mariposa gris
sepultas con frases incompletas
el espacio redondo del desastre,
el absurdo velamen de las horas.
Deslizas tus alas de ceniza
atrapas en la calidez del día
a los de lacerado corazón,
los arrebujas en los sonrojos de la orilla,
les brindas agua-nieve para mojar sus labios.
Junto a la grama
mantelina de gotas,
abre un venero.
XXVI
Diosa del polen, imaginas,
oficias en las frondas, imaginas,
llevar en tus labios el germen de la vida.
Descubres como melar entre los heliotropos.
Oteas en la abertura ojival del horizonte.
El germen constante en los ovarios,
tremola tu vientre de sandunga.
Un temblor de sol curte las ramas.
XXVII
Nunca se ha escuchado el canto de las mariposas,
dicen -algunas gentes- que entonan salmos
como las sirenas de escamas argentadas.
Si escuchan tu melodiosa voz
los conduces hasta el fondo del río,
donde el limo envuelve a los batracios,
donde vive el alma húmeda de los tlaloques.
Los encantados son piedra de río.
XXVIII
Gajos de mandarina
entre las flores del jazmín y el limonero.
En el aire hay lozanía de musgo.
Hay un lince acechando en tu mirada.
Entre las naranjas mariposas el incesto,
sus cuerpos conservan la pureza primigenia
de los tiempos del agua sin veneno.
Cuando hacen el amor
frente a la iglesia
derrama un olor a mandarina.
XXIX
Azulada mariposa tu pupila,
un golpe de color abre tu boca
y eclipsa tu empeño de olvidarlo.
Violácea mariposa tu pupila,
escapa el "mirlo blanco" de su afecto.
Rebela el insomnio de granito
su nombre escrito en el amate de tus párpados.
La patina del tiempo suavizó tus angustias
en el pluvial camino de la vida esperas la rojura del ocaso.
XXX
Su lengua de alevilla
trasminó su esencia turbadora,
alteró tus venas verdiazules,
te delata: un pálpito en la sien.
Su amor, aleteo de mariposa,
sobre tu alma ingrávido
como un silbo de brisa.
Lo añoras, te estremeces.
Cierras tus valvas como una almeja herida
para gozar el agridulce ahogo de la espera.
XXXI
¿Quién cercenó las promesas de tus alas?
¿Quién mancilló tu vestido de amapola?
¿Quién jugó la daga en tu pequeña boca?
¿Quién enzarzó tu cuerpo durante el Equinoccio?
Allí quedaste con el aliento envenenado.
Allí quedaste con las pupilas inyectadas y vidriosas.
¿Cómo decirte que me duele tu martirio?
¿Cómo llorar contigo
si tengo el corazón vacío de nidos,
herida mariposa?
XXXII
Nadie mira tus últimos temblores,
el iridiscente polvo de tus alas ha caído
y tu boca liba el último néctar de amaranto.
Nadie impide que tu esbelto cuerpo
sea atravesado por varios alfileres.
Nadie sollozará
si mueres mariposa,
si se rompen tus alas de cobalto,
si bebes una copa de veneno escarlata,
si escapa de tu ser el vino de la tierra.
XXXIII
En cualquier lugar
pueden lapidarte, llamarte ramera
o desprender tus élitros de Luna y de arco iris.
Nadie hará un juicio frente a la Plaza de Armas
porque masacren tu cuerpo de sílfide nocturna.
Nadie llorará
sobre tu cadáver, Diosa del Aire.
Nadie pedirá
que descanse tu polvo
en el negro vientre de la madre.
XXXIV
El mundo de las mariposas
puede destruirse en un instante.
Quizá se derrumbe
su palacio de flores y tristeza.
Quizá sea arrastrada
hasta los abismos del demonio
que habita en el desfiladero.
Quizá quiera llegar hasta la estrella
para quemarse y resurgir de las cenizas.
Quizá una noche,
por la sed,
baje a beber al río
y quede para siempre
convertida en resplandor.
XXXV
Vistes de seda
para planear sobre la plaza del pueblo.
Impresionas a los hombres
con tus ojeras de genciana.
Las miradas son dardos
que se clavan en tu pubis,
son manos invisibles
que desnudan tus senos de magnolia.
Sabías lo que eran tus alas.
Declaraste: ebriedad...locura.
Sabías lo que eran tus alas
y las arrancaste frente al mar
en una noche de música y ofrenda.
XXXVI
Inicias el vuelo entre los girasoles,
con el amarillo te deslumbras,
tu lengua degusta pócimas y néctares,
estallido de colores y de risas.
Refulges entre las setas de mucílago y llovizna.
Al acecho la tempestad
que destruirá tus galas.
Al acecho el torbellino
que te llevará hasta el señorío
de la sombra y el murciélago.
XXXVII
Solitaria mariposa
la huella del jaguar
te lleva hasta el pantano.
En la superficie cintilan las estrellas,
esos destellos te subyugan,
caminas hacia los resplandores.
Los humedales te engullen.
Cuchillos de obsidiana
te siegan los alientos.
En las entrañas de lo negro
¡qué larga la agonía!
¡qué soledad de metales en esas lobregueces!
DESFILE DEL 15 DE SEPTIEMBRE DE 1990
DOMINGO 15 DE FEBRERO DE 2009
CRONICA.- DESFILE DEL 15 DE SEPTIEMBRE DE 1990
María Elena Solórzano
¡Allí viene, allí vienen! Esquina Camarones y Av. Azcapotzalco, aquí estamos esperando el desfile.
La familia Arroyo ha colocado algunas sillas en las afueras de su casa, para observar la parada con más comodidad.
Al frente están los motociclistas de tránsito que son los que abren el paso. Se suben a la moto, se bajan, se dan su taco, “los tamarindos” lucen el uniforme y largas botas de cuero reluciente.
-Mamá ¿las pistolas que traen son de verdad?
-Claro que sí Paulina.
Enseguida de las motos se encuentra la banda que toca sin parar, el ambiente se alegra, las notas de la marcha Zacatecas llenan el aire de marcialidad, después de la banda las autoridades de la delegación esperan la orden para avanzar, el Sr. Delegado Lic. David Jiménez González encabeza la comitiva.
Avanza tránsito, la banda, las autoridades, don David con la mano en alto contesta los saludos de la gente.
Desfile del quince, ¡qué bonito desfile! Este desfile me gusta porque no es bélico, es una fiesta para el pueblo. Allá está la abuelita, la mamá, los tíos, los hermanos, los primos de los chamacos, hay que echarles muchas porras.
-¡A la bio a la bao a la bim, bom bam, la Chulis, la Chulis, ra, ra, ra.
-Mira allí van los de la “Rosas Moreno”
-¡Qué parejitos, bonita tabla! Se lucieron los maestros.
-La secundaria 193 trae sus matlachines con su teponaxtle y sus sonajas. ¡Ay, qué bonito! Se ven re’te bien los jovencitos vestidos de aztecas.
-¡Ay comadre! Pues cómo no se van a ver bien si están jovencitos y delgaditos, pero nomás vista así a su compadre Pantaleón y... ¡No comadrita, por favor!
-Ya vio a las niñas con sus trajes típicos ¡qué chulas!
-Ahí va su hijita.
-¡Arriba mi Bety, arriba! La niña voltea y le sonríe a su mamá, se siente muy importante.
La secundaria 54 impresiona con su banda de guerra y sus vistosos uniformes.
Se presentan varios carros alegóricos: el de la colonia Tezozómoc, Cosmopolita, el de los comerciantes, etc.
Muy bien puesto el que representa a doña Josefa Ortíz de Domínguez con su pechera de encajes, peinada con un chongo rematado con una peineta.
Les toca el turno a los “chicos” del INSEN, qué contentos van, en sus boca de gastados dientes se dibuja una sonrisa y en los ojos se prende una chispa de alegría que los rejuvenece. Adiós, adiós van diciendo al caminar, agitan las manos en alto como palomas maltrechas, la vida palpita dentro de sus almas.
-Pero mira nada más estos futbolistas, ya ni la amuelan, parecen prófugos, despeinados, con unos uniformes que dan lástima y no por que estén viejos sino por sucios, los zapatos de futbol traen la tierra de todos los campos.
-Estos sí que desentonan, si no pueden lavar y planchar los uniformes mejor que no desfilen, echan todo a perder.
El pentatlón llega, sus muchachos intrépidos hacen pirámides, algunos saltan encima de otro que trae un cuchillo, uno de ellos resbala y..¡Oh! se escucha la exclamación general, pero no pasó nada, todo quedó en el susto. ¡Bravo! Los aplausos no se hicieron esperar.
Los últimos en desfilar fueron los charros.
-¡Guau! ¡Qué guapos! –Dice una muchacha.
-A mí me gusta el del bigotito, con ese traje de charro se ve...-comenta otra- las amazonas montadas a la antigua... los caballos caracolean...
¡Córrele, ya terminó el desfile ¡Córrele! Ahí vienen las barredoras y nos van a polvear.
NOCHE DE LUNA
Francisco Arias
Era el tiempo en que mandaron cerrar las iglesias, lo recuerdo bien porque varias veces se oficiaron misas en el patio de mi casa. Ese domingo nos levantamos muy temprano, algunos familiares y vecinos llegaron a mi casa. El padre Miguel dio su misa, todos comulgamos, sólo mi tío Jacinto no quiso, dijo que se sentía enfermo, cuando terminó la misa, el Padre se quitó la sotana, se pusó un calzón, guaraches, un jorongo de lana, cubrió su cabeza con un sombrero de palma, cargó un atado de maíz y se fue antes de rayar el sol. Desde aquí de Santa Bárbara se divisaban bien los pueblos: San Andrés, Santa Catarina, San Martín, San Marcos, y todo el camino que llevaba hasta el centro de Azcapotzalco, cuando alguien llegaba al pueblo ya lo habíamos visto desde rato antes, por eso se me hace extraño que nadie se haya dado cuenta de lo que pasó aquella noche.
Los federales andaban persiguiendo a cuanto cristiano encontraban, por eso la gente del pueblo casi no salía de su casa y por la noche temprano se apagaban los quinqués, no había luz en los postes y entonces parecía que el pueblo mismo dormía. Mi papá tenía un perro que llamábamos Capulín, un perro corriente, que ladraba cada vez que tocaban la puerta, esa noche el Capulín estaba muy inquieto, ni él y yo podíamos dormir, me levanté del catre y salí del cuarto con la intención de tomar agua del pozo. La luna estaba grandota y bien redonda, en el patio vi al Capulín con los ojos tan rojos que brillaban como dos brazas de carbón, mordía la cadena como si quisiera romperla y su cuerpo estaba sudado como si hubiera corrido mucho, con mi curiosidad de “escuincle” me acerque al perro y al verlo como estaba, supe que algo quería, se me hizo fácil desenredar el alambre que ataba su cadena, el animal corrió hacia la puerta, abrí despacio y salimos. El perro corría con ansías, ahí lo iba yo siguiendo con mis piernas flacas de diez años, cuando llegamos a Coachilco el perro agarró para el rancho de San Rafael, la luna re’ bien que iluminaba el camino y como apenas habían sembrado no había milpa. Capulín y yo llegamos a un llano, un perro negro que más bien parecía un lobo, sentado sobre sus patas traseras, aullaba con desesperación viendo hacía la luna. A cierta distancia, Capulín se echó y yo y senté junto a él.
Al poco rato el perro-lobo dejó de aullar y se puso en posición de ataque, una bola de fuego pasó volando sobre el sobre el perro-lobo, era como si hubiéramos entrado al mundo de los sueños, en donde todo sucede en verdad sin ser real. Capulín lanzó un gruñido, pude ver que la bola de fuego estaba al final de la vara que montaba una mujer sin piernas, de cara joven pero maligna y cabello largo, una bruja. El perro lobo lanzaba tarascadas a la bruja, ésta atacaba al perro lobo, intentaban destruirse el uno al otro, los gritos de la bruja no eran menos tétricos que los aullidos del perro, la sangre se dejaba ver como evidencia de las heridas, se mostraban unas garras largas y colmillos muy crecidos cada vez que se atacaban; la bruja se posó sobre el lomo del perro y clavó sus garras y colmillos, en un intento por salvarse, el perro giró sobre su cuerpo y se encontró de frente a la bruja, se abalanzó y logró clavarle los colmillos en el cuello, con una fuerza muy superior a la de un perro común y como si razonara, alzó las patas delanteras y tiró a su presa al suelo, la bruja gritaba y clavaba sus largas uñas en la cara del perro, pero éste no la soltó hasta que la bruja dejó de moverse, el perro dio una última sacudida a lo que ya sólo era un montón de carne y huesos que el fuego se encargó de consumir. Muy agotado y herido el perro volteó a vernos, tuve la sensación de que ese perro, o lo que fuera, nos conocía, su mirada, aunque rara, me parecía conocida. Se alejó caminando lentamente en dirección contraria a donde estábamos.
Al día siguiente, las campanadas de la iglesia del pueblo de Santa Bárbara anunciaron difunto, mi tío Jacinto había muerto, según dijeron, unos bandoleros lo golpearon y amachetearon, los vecinos no vieron sus rostro por última vez, los familiares cerraron el ataúd y no dejaron verlo, pero las malas lenguas dicen que tenía la cara deshecha. Telésforo, un nativo del pueblo que se había ido a vivir al pueblo de San Juan, regresó, después supimos que esa noche su mujer se había ido de la casa. A partir de ese día se volvió a abrir la iglesia, y el pueblo regreso a su costumbre. Ahora estoy tan viejo que la muerte anda rondando por mi camino, pero sigo creyendo que entre los cristianos hay gentes extrañas que nunca miran a los ojos.
TRADICIONES AMANTECAS
LA HORMIGA ROJA
Ma. Elena Solórzano
-Abuelito ¿es cierto que la hormiga roja que está en la torre de la parroquia de –Azcapotzalco camina?
-Dicen que sí, que cuando la hormiga llegue hasta el campanario el mundo se acabará.
-¿ Y por qué pusieron allí una hormiga roja?
-Los historiadores dicen que este hecho está ligado a mitos relacionados con Quetzalcoátl y que el mismo nombre de Azcapotzalco está relacionado, así:
Quetzalcoatl entra al inframundo o mundo de los muertos, pues es el indicado para crear al hombre nuevamente después de formarse el Quinto Sol. Allí en el inframundo se encuentran los huesos de las humanidades ya pasadas. Quetzalcoátl las roba, toma las osamentas y huye, en su carrera tropieza, los esqueletos se desarman, todos los huesos se esparcen por el suelo, los huesos se revuelven, él los junta y trata de armarlos otra vez, pero ya no puede hacerlo, ya no es posible colocarlos como estaban y esto dio origen a hombres de diferentes estaturas y complexiones.
En el mismo lugar donde se encontraban las osamentas, también estaba el maíz que había de ser el alimento para la humanidad.
Quetzalcoátl se convirtió en hormiga para poder entrar en el inframundo y fue una hormiga la que lo guió hasta ese lugar para sacar los esqueletos y después regresar por el maíz que había olvidado.
En la torre de la iglesia se encuentra una hormiga roja que quizá represente a Quetzalcoátl el dios tolteca que predicaba la bondad, la pureza de sentimientos, la templanza y que guió a los toltecas hasta convertirlos en un gran pueblo, más tarde se siente esta influencia entre los tepanecas cuando se convierte Azcapotzalco en un gran señorío.
LA REJA
LA REJA
Ma. Elena Solórzano
Recuerdo una reja de madera, destartalada, hecha de pequeños tablones resecos con sed de lustros, sus gastadas maderas se hinchaban, en épocas de lluvias, como queriendo rejuvenecer, no tenían pintura alguna y el polvo les había dado un tono.
Para abrir la levantábamos un poco, empujándola hacia adentro para que no entraran las horas en tumulto o traspusieran el umbral sigilosamente los fantasmas azules de los sueños. Completaba el conjunto una rejilla de tablas delgadas, por los rústicos palos habían marcado su ruta los termites que horadaban la pulpa de la leña para cavar sus laberintos, Sabíamos que un día todo se desmoronaría, así como nuestra infancia, como se deshace el hielo, como se caen los rascacielos de arena con el embate de una ola.
La vieja reja de madera nos aislaba del otro mundo, de la otra gente, de la ropa que se tendía frente a la humilde casita, situada allá, al fondo del gran patio.
A veces tomábamos un gis, pintábamos figuritas en algunas tablas y quedaba adornada con flores, cruces, animalitos, números... hasta que las lluvias torrenciales de mayo las desleían y las formas se transformaban: la flor en duende, la cruz en árbol, los números en animales.
Un buen día llegó un señor y con un machete empezó a tirar la reja, vimos como saltaban los oxidados clavos y toda la madera hecha añicos en un dos por tres. Eses mismo día fue colocado en su lugar un portón de lámina con dos hojas, buscamos entre la leña algunos fragmentos con dibujos, encontramos varios, los mirábamos un momento y los arrojábamos al fuego de la hornilla, nuestros ojos seguían la espiral de humo, que en un momento se juntaba con los borreguitos de las nubes
ADIOS MUCHACHOS
Ma. Elena Solórzano
“Adiós muchachos compañeros de mi vida, querida escuela hoy te abandonó, me toca a mí hoy emprender la retirada y digo adiós a esta alegre muchachada...”
Ese tango (parafraseado) arrabalero y sentimental se cantaba en las despedidas, cuando los alumnos, ya casi unos hombres, dejaban la escuela al concluir el sexto año, pues por los años cincuentas cantarlo era de ley y además echar la imprescindible lágrima, sobre todo las niñas si no derramaban suficiente líquido, la despedida no tenía sabor. Hay que tomar en cuenta, que en aquel entonces, la edad de los niños inscritos en el ler. grado eran de siete a doce años y al terminar contaban con trece y hasta veinte años, unos adolescentes pues.
El Sr. Manuel Aguilar González fue alumno de la escuela primaria “Vidal Rivero” y nos cuenta que había una palmera enorme y unas tapias de adobe muy grandes, eran cinco piezas las que estaban habilitadas como salones, eran unos cuartos descubiertos y sin ventanas, unos simples paredones que formaron parte de la hacienda Vidal Rivero. Las condiciones en las que estudiabamos no eran muy buenas, por ejemplo: los baños eran unas fosas sépticas hechas con cajones, un día se cayó un niño y el Profr. Pinto lo sacó todo sucio y que nos manda por unas cubetas con agua para bañarlo y entonces se pidió una toma y las autoridades la concedieron, eso sirvió para que el maestro nos bañara cada ocho días en la dichosa llave, pero en ese tiempo los papás no se enojaban, los maestros nos gobernaban con mucha disciplina y ¡cuidadito de faltarle al maestro porque ya nos andaba!... el Profr. Cárdenas nos daba de reglasos.
Yo estaba en el turno vespertino y decían que había una gallina negra que espantaba a los niños que se retrasaban por quedarse a jugar trompo, canicas, balero, matatena con los huesitos de chabacano o el garambullo, tomabamos huesitos y el que alcanzara a tomar más era el que ganaba y decíamos: “garambullo, garambullo alza el puño”; con una pelota de esponja se hacían diez hoyos y se ponía un nombre a cada hoyo, con la pelota se tocaba la espalda del compañero, el corría de una pared a otra, el que era alcanzado por la pelota perdía, el castigo era ponerse de cara a la pared y le daban pamba, en aquel entonces no había televisión, ni maquinitas, por eso los pasatiempos eran tranquilos e ingeniosos, nos divertíamos mucho y no eramos tan violentos en nuestros juegos como hoy en día.
En la escuela antigua o sea en la Vidal Rivero todas las tardes nos daban atole y un bolillo (de parte de la Secretaría de Salubridad y Asistencia), hacíamos “cola” y gritábamos : “Ya llegó el carro que nos mantiene y con un bolillo nos entretiene” y todos hacíamos una escandalera con los pocillos.
Yo empecé a trabajar a los trece años, me apuntaba en la escuela, me salía y así estaba hasta que hice mi quinto en cuarenta y ocho y terminé mi sexto año en la escuela “Francisco de Paula Herrasti”, este es el certificado que me dieron por haber terminado la primaria. ¡Está muy bonito! hecho con letra cursiva, ahora parecen boletas de contribuciones.
El señor Carlos Morales Pérez nos dice que en 1948 se inauguró la Escuela “Francisco de Paula Herrasti”. Aquellos tiempos yo siento que fueron más bonitos, la organización era mejor, los directores mandaban, los maestros eran disciplinados, ahora son muy respondones con la autoridad y los alumnos que miran su comportamiento po’s son retobados y groseros con los maestros y ahí va la cadenita. Antes nos hincábamos para recibir la bendición de nuestros padres y nunca les alzábamos la voz y si eso ocurría les pedíamos perdón.
Atrás del foro había un salón donde cada ocho días nos daban cine y nos vendían dulces; me gustaba mucho, me reía con las películas, recuerdo también las de emocionantes aventuras como las del primer tarzán Johnny Weissmuller, nadador y campeón olímpico de ascendencia austriaca, una de las estrellas femeninas fue Maureen O’Sullivan, algunas de las películas que nos exhibieron: Tarzán de los monos, Tarzán y su compañera, Tarzán y su hijo.
Recuerdo con mucha gratitud y cariño a Leonel Sánchez, un magnífico maestro, hasta Inglés nos enseñó, los profesores eran muy trabajadores, no faltaban, ni había tantas juntas como ahora, en las que alegan y alegan y nunca se ponen de acuerdo ni se pondrán. El maestro Leonel impulsaba mucho el deporte y nos llevaba a jugar futbol a los campos que estaban allá por Vallejo. Hacíamos torneos con las demás escuelas y teníamos nuestra buena porra.
Entre los compañeros que recuerdo está el ”Pifas” que ya murió, vivía por San Francisco, por donde está la estatua del cura Hidalgo, precisamente por la calle 26, era tremendo, nos perseguía, nos golpeaba,
fue un mal alumno, burrito, burrito...Benito se recibió de médico, Francisco Bernachi era el más aplicado, muy inteligente, muy calmado, le perdimos la pista, los Quezada eran el diablo para las muchachas, enamorados y novieros, ellos venían allá del Arenal.
Parece que fue ayer, pero ya han pasado cincuenta años...
Ma. Eugenia Sánchez Luna era una maestra muy cariñosa, muy exigente en puntualidad, limpieza, el uniforme debía estar implecable, nos dice Selene Anaid Rodríguez Macías ( alumna de los años ochentas), el uniforme era un júmper a cuadros rojos verdes y amarillos, blusa blanca, calcetas rojas, suéter rojo y zapatos negros.
En esa escuela asustan, en los baños hasta el fondo estaba escrito con sangre: “El payaso volverá”. Dicen que allí estuvo un circo y había un payaso que raptaba niñas, les cortaba la cabeza, las untaba con limón y sal, las colgaba en un cuarto, las coleccionaba...
Cuentan que un día... una niña del turno vespertino fue al baño, escuchó ruidos y vio chorreando sangre, la niña desapareció y no volvieron a saber de ella por más que la buscaron, sus papás vieron el letrero que decía: “El payaso volverá.”
Durante la fiesta de clausura entré al salón de actos, estaban algunas gentes platicando, la radio conectada, de pronto hubo un repentino cambio de estación y se escucharon unos cantos extraños, como de monjes dolidos, la puerta se azotó, dicen que esos espantos eran frecuentes y daban señales como: tocar un brazo, gritos, etc. Yo lo viví, por eso te digo que en la “Herrasti” espantan...
DANZÓN DEDICADO A MIRNA
DANZÓN DEDICADO A MIRNA
Ma. Elena Solórzano
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Sus padres murieron en un accidente en la carretera, a pesar de tener treinta años se sentía huérfana y desamparada, hacía tiempo que había estudiado una carrera comercial, trabajaba como secretaria en la pequeña empresa familiar y ahora se veía al frente del negocio que fuera de su padre, sus estudios sobre administración le facilitaron el manejo del mismo, para llenar su soledad se dedicó en cuerpo y alma a acrecentar su patrimonio.
Pronto pudo vender el departamento y comprar una casa, a ella le encantaban las casas viejas, de finales del siglo XIX, encontró una así en la colonia Santa María la Rivera. La mandó restaurar y quedó preciosa con el señorío de las construcciones antiguas y las comodidades de la época actual. Por fin se mudó, los primeros días gozó su nueva morada, pero a la semana de haberse instalado empezó a escuchar ruidos y una voz...Mirna, Mirna ...ven ... escuchaba que la llamaban cuando estaba sola, venía de todas partes y de ninguna, era una voz que flotaba en el aire, en otras ocasiones se rebelaba como un soplo cerca de su oído, un soplo helado que le erizaba los vellos de los brazos, Mirna... Mirna oía muy cerca. Le encantaba ir a bailar danzón, ese descanso se lo daba cada ocho días, a las seis de la tarde dejaba todo, abordaba el “opelito” para dirigirse al Salón Riviera pues en aquel entonces tocaban orquestas tan famosa como la de Carlos Campos, Acerina y su danzonera, Ingeniería, Luis Arcaraz, etc., además le fascinaban las películas de rumberas y nomás de pensar que pisaba la catedral del meneo tropical se emocionaba, su pareja de baile era un viejo cincuentón, se entendían bien cuando de danza se trataba, ella se dejaba llevar dócilmente por las manos que sabían dar órdenes con leves movimientos sobre su cintura; en otros aspectos eran diametralmente opuestos, pues a sus treinta años tenía una forma de pensar menos patriarcal, pues no dependía económicamente de ningún hombre.
- No te distraigas, ya perdiste el paso- decía Raúl.
- Fue la voz...
-. ¿Cuál voz?
- La voz que siempre escucho, de día o de noche, en todas partes, ahora mismo, parece que se entremete e n las notas de la música para decirme: Mirnaaa...Mirnaaa
-¿Andas pacheca o qué?
-No tu sabes que no me gusta la “Juanita” , ni nada
-Alguien te trae cacheteando la banqueta.
-No, no, tampoco.
-Entonces, muñequita ¿qué te pasa?
Hace meses que escucho una voz...
-De hombre o de mujer.
-De hombre.
-¡Ah ya! Un fantasma se ha enamorado de ti .
-¡No bromeés, esto es serio!
-En serio lo estoy diciendo.
-¿Tú crees?
-Claro, cuando nos morimos, yo creo que no nos vamos únicamente nos volvemos invisibles, los demás son los que no nos ven, pero nosotros sí.
-Pero... ¿qué hago?
-El quiere manifestarse y hacerse visible de alguna manera y tú lo tienes que ayudar.
-¿Cómo?
-A las doce de la noche vístete de negro, la boca muy roja y el pelo suelto, siéntate frente a una ventana que de a un jardín, espera las doce campanadas y con cada campanada come un granito de sal, diciendo:
-¡ Manifiéstate y pídeme lo que deseas, yo te complaceré lo juro!
inundaron la habitación y hasta las paredes sintieron ese ritmo y sensualidad, la joven se dejó llevar
por la cadencia de la música y empezó a dibujar unos pasos sobre el mosaico pulido, después hizo todo lo que le habían indicado. Se sentó en un sillón frente a la ventana, las campanadas empezaron a sonar, al mismo tiempo la voz se escuchaba cada vez más desesperada: Mirnaaaaa,Mirnaaaaaa...después un largo gemido cortó el aire. La joven con cada campanada comía un granito de sal, mientras decía: ¡Noble varón manifiéstate y te juro que sea cual sea tu deseo lo cumpliré al pie de la letra!
Después de decir esto apareció junto a ella un joven de treinta años de edad aproximadamente, alto, excesivamente delgado, de tez apiñonada, pelo negro y rizado, sus ojos a pesar de ser pequeños eran hermosos por lo expresivos, se incitaba a bailar antojaba la boca adornada con un espeso bigote; vestido a la usanza del siglo XIX .
Bailaron abrazados, mirándose a los ojos, así pasaron algún tiempo, la fue despojando de sus vestidos para hacerla suya en un acto de amor que nunca se volvería a repetir. El la acunó en sus brazos ella durmió plácidamente. No habían pronunciado palabra alguna, pero no fue necesario.
Mirna colocó en la consola nuevamente el disco con los mejores danzones de Acerina y su danzonera y empezó a bailar con su amado, poco a poco se fue esfumando, de repente se dio cuenta que estaba bailando sola.
La mujer siguió su vida de siempre atendiendo su negocio, solamente el primer martes de cada mes, año con año, Mirna invoca a su amante, pero jamás se ha vuelto a materializar.
Hoy, el primer martes del mes de marzo de 2002, una anciana introduce un cassete en la radiograbadora con la esperanza de que vuelva a ocurrir aquel milagro y con cada campanada come un granito de sal, deja la ventana abierta, nada sucede, ella baila, baila, baila al compás del danzón Nereidas.
PACHITA
PACHITA
Ma. Elena Solórzano
La otra vez, por casualidad, encontraste un libro que hablaba sobre brujos y
curanderos chilangos y entre los más famosos se mencionaba a Pachita,
empezaste a leer picada por la curiosidad y decía que la tal bruja tenía su
despacho en la colonia “Arenal”, aquí en Azcapotzalco.
Era la misma que conociste ¿te acuerdas? la tía Angélica, enferma de úlcera
varicosa, te pidió que la llevaras con la susodicha, porque realizaba curaciones
milagrosas. Te resistías a creer semejantes cosas y al fin cediste para
complacerla.
Ese día te levantaste temprano para ir a la colonia "El Arenal", donde tenía su
consultorio la "doctora", como la llamaban todos sus pacientes. Te habían dicho
más o menos la ubicación de la casa, preguntando aquí y allá por fin diste con el
ansiado domicilio. La casa tenía de frente más o menos diez metros, las paredes
enjarradas y sin pintura alguna, en medio un zaguán pintado de blanco permitía el
acceso al interior; dentro había varias habitaciones sucias y mal olientes, donde
reinaba la mugre.
Entraste toda ciscada, Angélica se aferraba a tu brazo, tenía un poco de miedo.
Te dedicaste a observar todo lo que había a tu alrededor. Por el patio cuadrangular
paseaban gallinas, guajolotes y cerdos; había comida regada sobre el piso, las
aves recogían con el pico los granos de maíz, las migas de pan y los pedazos de
tortilla; más allá el excremento de los cerdos era esparcido por los mismos
animales, canastos y costales desordenados en uno de los rincones contribuían al
aspecto desaseado de la casa.
Comenzaste a contar cuántos cristiano esperaban de pie o sentados en el suelo
despreocupados por la suciedad que en costras lo tapizaba.
La mayoría de la gente era de origen humilde a juzgar por los vestidos de
las mujeres, los pantalones raídos de los hombres y los zapatos corrientes y
despintados, algunos traían huaraches de correas toscas y grises por el
constante contacto con la tierra. Las mujeres enfermas tapaban sus rostros
macilentos con rebozos plomizos, tratando de ocultar el sufrimiento que
traslucía por los ojos apagados y febriles.
Te sentiste fuera de lugar, con tu vestido sin parches, enterito pues, tus
zapatos de tacón recién cambiado y tus medias nylon, no cabe duda que "en la
tierra de los miserables el asalariado es rey". Allí paradita, la tía igual,
esperaste más de tres horas para que la "doctora" les diera consulta.
A eso de las once de la mañana te llamó la atención la llegada de una señora
guapa, de clase media, acompañaba a una joven con la cabeza a rape, sin gota de
maquillaje y con la mirada extraviada; se acercó a ti la mayor de las mujeres, para
preguntarte en qué número iban y te platicó que su hija padecía una extraña
enfermedad, que cada vez estaba peor, pues los médicos ya la habían
desahuciado, te decía:
-"Ha perdido la memoria y la conciencia se porta como una niña a la que hay que
vestir, alimentar con mamila y asistirla en sus necesidades, ni siquiera reconoce a
sus hijos, mi última esperanza, es Pachita, si ella no la alivia estará condenada a
vivir así..."
La fila avanzaba lentamente, ni una silla ni una piedra donde sentarse y tú la
catrincita no te resignabas a sentarte en el suelo y llenarte la ropa de caca.
Llevabas unos dulces y les ofreciste a varias mujeres más que nada para hacer
plática y matar el tiempo; otra mujer te contó sobre la curandera maravillosa y que a
Joaquinita le había quitado la matriz en una "operación espiritual" intrigada
preguntaste: a ver, a ver ¿cómo estuvo eso?
-"Mire, en una noche se internó, Pachita ya tenía todo preparado: agua
caliente, lienzos, algodón y dos cuchillos bien filosos. Ella invocó a dos
espíritus que en vida fueron doctores y ellos hicieron la operación a través de
Pachita, el cuarto con luz de vela, porque dicen que la luz fuerte espanta a
los espíritus, yo misma vide como los cuchillos entraban en la carne de
Jacinta, pero no escurría sangre, los espíritus terminaron y en unos cuantas
días se puso buena."
Aunque tus conocimientos de medicina no son muchos no podías creer tal
aberración. empezaste a preguntar más sobre la tal Pachita...
¡Ay niña! si es rete buena, imagínese, a mi señor le dolía mucho la cabeza y
le cambió su cerebro por uno de puerco y ¡santo remedio!,
Ya no le han vuelto esas jaquecas que no se le quitaban ni con pastillas ni
con chiquiadores ni con nada. Mi sobrina no podía tener hijos y p'os con las
friegas que le dio se puso encinta luego, luego.
¿Y cómo le hizo? - le preguntaste.
La encueró allí adentro del cuarto, le frotó todito el cuerpo con un menjurje de
hierbas y le acomodó la matriz que la tenía bien chueca.
No se diga cuando a una recién parida no le baja la leche, con Pachita le baja
porque le baja, ella misma les mama los pechos durante ocho días y después hasta
les chorrean.
Y para quitar el mal de ojo ni se diga, traen a los niños que se les enchueca la
boca y se les tuercen los ojitos a los inocentes, ella agarra un huevo de gallina negra y con eso limpia al niño y no lo va a creer... cuando vacía el huevo en el vaso se ve el gusano, el mal, que le hicieron o sea el mal de ojo que la gente de vista muy fuerte le hace a los niños, después de la limpia la criatura se duerme como un bendito, pues ya regresó el ángel de la guarda que había volado, los ojitos y la boca se le enderezan, le cuelgan en el pechito un hilo rojo con un ojo de venado para que no lo vuelvan a fregar...
Por fin entraste al cuartucho y la tía por delante, era una pieza de tres por
cuatro, pintada de rojo, con unas cortinas que un día fueron blancas, el piso sin
barrer con algodones y papeles por todas partes; en los cajones de un escritorio
desvencijado guardaba sus "medicinas".
Nos recibió una mujer obesa, chaparra, cincuentona, con el pelo teñido de rubio
y mal peinada, envuelta en una bata que dejaba ver sus piernas regordetas, unos
huaraches de hule calzaban sus pies anchos y callosos. Su presencia te dejó fría,
por tí hubieran salido inmediatamente, pero te detuvo la resolución de Angélica.
Con un poco de alcohol se frotó las manos y procedió a examinar la úlcera de la
pierna desenrolló las albas vendas, vio circunspecta la herida y vació sobre ésta un
líquido solferino, le limpió con un pedazo de algodón y volvió a vendar...
En quince días te aliviarás de tu mal -le dijo-
Muchacha, la vas a curar como te digo: vas a conseguir mucha polilla y la pones en un frasco, le lavas la herida con este líquido morado, luego le espolvoreas la polilla y le pones otra vez la venda, la traes dentro de quince días.
Al salir le dijiste a la tía: "yo no la curo, si usted quiere cúrese sola, sabe por qué, a mí no me parece el tratamiento, no se ponga eso, se agravará..."
No te respondió, antes se enojó contigo, rezongó todo el camino de regreso a la casa.
Algunas veces observaste cuando se curaba y ponía la polilla en la úlcera, se te enchinaba el cuerpo, pues sabías que no tardaría en presentarse una severa infección y así fue. Angélica no quería dar su brazo a torcer y admitir el fracaso de tan absurdo tratamiento, a los ocho días en medio de ayes y lamentos pidió que la
llevaran al médico, ahí vas al doctor otra vez, resignada a recibir la regañada que de seguro te daría al examinarla, se enojó muchísimo y te dijo: "pero dónde anduvo
la tía que trae hasta polilla, además hay una infección tremenda y está en peligro de perder su pierna".
Mi tía no le quedó más remedio que someterse a los tratamientos del doctor:
Inyecciones, cápsulas, pastillas y toda una botica se hecho encima
Le dio por encerrarse en su cuarto y no permitía que nadie entrara,
pero un día dejó por descuido la puerta abierta y quedaste paralizada de
terror, pues seguía aplicándose la polilla y la tinta morada que le había recetado Pachita. Al verme dijo: “Mira la úlcera está cerrando gracias a la polilla”.